Diario de un sueño –día 3–

En busqueda de mi libertad y autodesarrollo

Anoche tuve un sueño:

Fui tes­tigo pres­en­cial de una rev­olu­ción. Fue una cosa rarisima. Era una niña de 12 años en plena rev­olu­ción de cierto país en los años 1920. Sin embargo sabía que esa niña de cabello largo, cas­taño claro y ojos tristes, no era yo, fue como si mi espíritu se metiera en ese cuerpo para con­tarme una his­to­ria… en la que viviría y sen­tiría toda esa angus­tia que vivió la niña. Como cuando inten­tan darte una lec­ción de vida.  Pres­en­cié como mata­ban a mis papás y a toda mi familia, a los papás de mis ami­gos. Y como todos los niños, únicos sobre­vivientes, huíamos del cen­tro de la ciu­dad. Llegábamos a unas puer­tas enormes. Una con­struc­ción vieja hecha de piedra maciza, que parecía haber sido tal­lada  a mano arco por arco, enre­jada con acero y una malla metálica muy fina hecha hace algunos meses para que nadie pud­iese salir, para que nadie dijese todos los hor­rores que se esta­ban viviendo dentro.

En medio de toda la deses­peración y per­se­cu­ción comen­z­aba a decir­les a todos mis ami­gos cómo y dónde empu­jar para poder abrir un pequeño agu­jer­ito para escapar. Era obvio si con­tin­uábamos den­tro de esa ciu­dad, el encierro no nos traería nada bueno… los sigu­ientes en morir éramos nosotros. La otra pre­ocu­pación prin­ci­pal: que no se dieran cuenta que algunos habíamos logrado huir.. porque nos comen­zarían a perseguir afuera de la ciu­dad y nunca ten­dríamos paz. Algunos que lograron salir por ese agu­jero se quedaron esperando o regre­saron del lado de la ciu­dad porque sus her­manos o famil­iares menores no con­sigu­ieron escapar.

Esta niña en la que yo me había metido, logró salir como pudo… intentó ayu­dar a alguien más que se qued­aba estancado, como espan­tado. El ver que los mil­itares se acer­ca­ban cada vez más final­mente se escab­ulló sin mirara atrás. Cor­rió por grandes pasil­los, en medio de las som­bras, con mucho cuidado hasta que logró salir de la con­struc­ción. Se encon­tró con un mundo difer­ente. Había tran­quil­i­dad… las per­sonas son­reían y me mira­ban con pre­ocu­pación. Se fija­ban en mi ropa sucia, un vestido blanco que se había ido desha­ciendo mien­tras me escapaba del lugar. Yo les decía –que no escuchan las bom­bas?, ¿qué no escuchan todo ese relajo que hay den­tro de la ciu­dad?- ellos me son­reían y me decían no hay nada que escuchar.

En ese momento  fue cuando lo vi. Era un hom­bre que 35 años, con barba en todo su ros­tro, alto y un poco gordo. Tenia su expre­sión pre­ocu­pada, como si supiera que pasaba. Comenzó a cor­rer por todas las casas, tocando las puer­tas… dicién­doles que era hora de salir del encierro, era hora de ayu­dar, algunos salían y comen­z­a­ban a com­batir los dis­paros que venían de aque­lla ciu­dad de donde yo me había escapado. Otros  que parecían ya venir acom­pañán­dolo desde antes le hacían un cir­culo para escoltarlo.  Fue  entonces,  mien­tras él cor­ría cuando nos miramos fija­mente. Un dis­paro rozó su espalda y al sen­tir el ardor molesto y caliente, supe que con esa mirada me había metido en él. Había cam­bi­ado de personaje.

La niña se quedó tras un árbol viendo como la rev­olu­ción comen­z­aba a ser evi­dente para los tur­is­tas que vis­ita­ban los alrede­dores de aque­lla ciu­dad donde habían muerto sus padres. Ahora yo era ese march­aba por todos los lugares tocando puer­tas, regre­sando dis­paros, sal­vando a los niños de los mil­itares y tratando de cam­biar todos los hor­rores que pasa­ban.
En un momento de esa car­rera llegué a ese lugar donde esta­ban los niños hechos puños deses­per­a­dos por querer salir. Otro dis­paro rozó mi cabeza, mien­tras jal­aba de los hom­bros a un niño, me estaba desan­grando. Me dolía demasi­ado pero la adren­a­lina me hacía seguir. Decidí bus­car donde escon­derme para recu­per­arme. Miré una casa que había sido con­ver­tida en una tienda de antigüedades,  que aún estaba abierto justo enfrente de dónde estaba.

Corrí nue­va­mente, me di cuenta que de los hom­bres que me acom­paña­ban solo qued­aba uno y era el que en ese momento  caía muerto a mitad de la calle. Otro dis­paro se escuchó y fue el que final­mente recibí yo –ahora sí caeré muerto– pensé. Atrás de la oreja tenía un agu­jero y mila­grosa­mente seguía viva.
Logré lle­gar a esa casa. Intenté cer­rar el portón que aún con­serv­aba y cuando casi lo cerraba lle­gaba otro hom­bre a decirme que me saliera. Era el dueño de ahí. Me reclam­aba que lo metería en prob­le­mas, que era mi apuro que yo tenía que fun­gir como pres­i­dente pero que no sería en su casa. Que mis sobri­nos cor­rían peli­gro –Vete de aquí– me gri­taba rabioso. Fue cuando supe que ese hom­bre era mi her­mano. Me reclam­aba que no había acep­tado mi cargo de pres­i­dente cuando era tiempo y que esa era tooda mi respon­s­abil­i­dad. Que la guerra que se vivía tenía que apren­der a sortearla yo solo. Y que si no podía debía de morir. Pero no aden­tro de su casa. Final­mente logré cer­rar la puerta e intenté dialogar con él.

Sen­tía la san­gre tibia res­ba­lando por mi nuca… el can­san­cio estaba haciendo efecto. Me tocaba con­stan­te­mente la herida para saber cómo estaba, si era grande o no, si tenia la bala o lo que fuese. Tenía curiosi­dad. Era fatal­ista. Pens­aba que pronto ya no podría cor­rer más porque había per­dido demasi­ada san­gre. No sabía que hacer. De un momento a otro los mil­itares lle­garían por mi. Podrían poner una bomba y ter­mi­nar con todo. Ya sabían que había regre­sado que ahora sí quería lucha y que estaba dis­puesto a lle­gar hasta lo ultimo para cambiar.

Le decía a mi her­mano, un cuar­en­tón con el seño frun­cido casi per­ma­nen­te­mente y arru­gas muy pro­nun­ci­adas, vestido de traje de pingüino, que estaba arrepen­tido de lo que había hecho. Que el miedo me había par­al­izado y por eso regresaba a ese lugar.  Que sabía que si me enfrentaba a toda la repre­sión iba a ter­mi­nar muerto, pero que después de reca­pac­i­tarlo era peor morir sin una causa, morir sabi­endo que no te atre­viste a ser ese cam­bio que tanto se nece­sitaba. Los dis­paros comen­zaron a entrar por la casa. Estaba dis­puesto a salir, una señora de edad avan­z­aba salió de la cocina de la casa. –Si sales de esta casa me voy con­tigo– me dijo. Era mi mamá.  Mi her­mano no nos dejó salir. Me pidió me fuera a una habitación que estaba en medio, donde no lle­garían las balas. Llegué al lugar, me escondí nue­va­mente en las som­bras.. esperando pasara todo el revuelo de afuera, recu­per­arme y nue­va­mente luchar.

Volví a tocarme la herida. Ya tenía una cos­tra, pero no dejaba de san­grar lo sufi­ciente. Comencé a sen­tirme mareado. Encendí la luz que final­mente ya no pude apa­gar. Botaron la puerta… entraron por mi. Mi her­mano me había entre­gado. Pusieron sus armas encima de mi cabeza y me eje­cu­taron. Sentí toda la cabeza caliente. Mi cuerpo ardía, las ulti­mas gotas de adren­a­lina me recor­rían. Sus­piré… cerré los ojos y pensé: así se siente la muerte entonces.

Fue cuando salí de ese cuerpo y lo mire desde afuera. Era nue­va­mente una tes­tigo invis­i­ble. Nadie supo que no era él el que estaba en ese momento. Que era yo quien había tomado prestado una parte de la his­to­ria, de SU his­to­ria. La más impor­tante y deci­siva. Quizá de alguna forma tengo que apren­der de estos dos per­son­ajes que posi­ble­mente solo existieron en mi sub­con­sciente…
En mis ganas de bus­car la lib­er­tad y mi propia independencia

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Idea-rea(y sobre todo)lista... "Amorosa"... Apasionada... sensible...vanidosa...algo excéntrica...con unas cuantas personalidades diferentes viviendo dentro de mí... Nada serio... Y con un toque de delicioso humor negro!

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