…Pájaros en la cabeza…

 

Recuerdo que cuando estaba en el cole­gio leí esta his­to­ria… el hom­bre que se mató para dejar salir libre el pajaro que tenia en la cabeza… La can­ción que les tra­gio esta madru­gada del primero de Diciem­bre… es una ide­ología real­i­dad.. para todos aque­l­los que creemos en algo y sabe­mos q se pueden lograr…que todo estará bien.…Para todos aque­l­los que les dijeron que eran ine­fi­cientes cuando se dis­traían en el cole­gio… para todos aque­l­los que entien­den el post… para esos espe­cial­mente. Besos y abra­zos. La can­ción es de mi amor Ser­rano… Ay Ser­rano me tenés enamorada…

 

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Miraba a la ven­tana y soñaba con ser un astro­nauta pisando la luna
y el cielo lo cruz­a­ban gale­ones, delfines, cometas, faluas.
Y en la pizarra el pro­fe­sor dictaba los teo­re­mas.
En su cabeza son­aba el canto de un gor­rión, pajaros en la cabeza.

Salia siem­pre tarde cas­ti­gado por no estar nunca donde debiera
y en casa le esper­a­ban el tedio y la comida servida en la mesa.
De fondo el rumor de un tele­vi­sor y madre sus­pi­rando.
”¿Dónde andas hijo mio? Siem­pre en las nubes,” y nadie escucha el telediario.

Pajaros en la cabeza y volar
a donde las ven­tanas siem­pre estan abier­tas,
donde el humo de tus pasos nos enseña a vivir.
Pajaros en la cabeza y soñar
que aun con­taré relam­pa­gos con­tigo,
aunque el tiempo y la arena escon­dan el camino hasta ti.

El tiempo pasó y todos crec­i­mos
–bueno, no todos, algunos seguian
mirando por la ven­tana y sobrevolando
la moqueta azul de la ofic­ina.
En el tra­bajo aun se per­dia
en las selva de sus sueños
y un grito le nom­braba, le arañaba
y rompia el dulce sortilegio.

Madre aun seguia sirviendo la sopa,
”¿Cuando sen­taras la cabeza?
Un dia la abrire­mos y ban­dadas de cotor­ras
escaparan de ella”.

Él son­reia sin dejar
de mirar por la ven­tana,
soñando mun­dos mejores,
llu­vias que caian sobre pare­jas que se ama­ban,
clave­les en los fusiles,
bar­cos que sueltan amar­ras,
luces de faros, besos de mujeres que nunca,
nunca le miraban.

Pajaros en la cabeza y volar
a donde las ven­tanas siem­pre estan abier­tas,
donde el humo de tus pasos nos enseña a vivir.
Pajaros en la cabeza y soñar
que aun con­taré relam­pa­gos con­tigo,
aunque el tiempo y la arena escon­dan el camino hasta ti.

Una mañana de enero nue­stro hom­bre
se subió a lo alto de la Torre España
para ver si al morder el azul gris del cielo
los pajaros calla­ban.
Mirando absorto la ciu­dad,
ni el rumor de su pecho escuch­aba,
ni a madre, ni al tele­vi­sor, ni a la ofic­ina,
sólo un lejano batir de alas.

Cuando nos quisi­mos dar cuenta
nue­stro chico habia desa­pare­cido.
Nadie en lo alto de la torre lo vio aban­donar
la som­bra gris del edi­fi­cio.
Nadie lo vio caer al suelo,
nadie oyó sus car­ca­jadas,
sólo el sonido de cien pajaros –o alguno mas–
escapando de sus jaulas.

Nada se supo de este soñador,
del canto de sus aves,
hasta que lle­garon car­tas, reta­zos de sus alas
en forma de postales.

Pajaros en la cabeza y volar
a donde las ven­tanas siem­pre estan abier­tas,
donde el humo de tus pasos nos enseña a vivir.
Pajaros en la cabeza y soñar
que aun con­taré relam­pa­gos con­tigo,
aunque el tiempo y la arena escon­dan el camino hasta ti.

Pajaros en la cabeza y volar
a donde las ven­tanas siem­pre estan abier­tas,
donde el humo de tus pasos nos enseña a vivir.

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